Tu soledad es tan grande y no puedes huir

Usé la palabra “diario” y siento que me metí en camisa de once varas. No, no creo que haga esto todos los días, escribir es algo que sucede cada vez que se necesita, no cada vez que toca. Así que la palabra “diario” cuando dije que iba a hacer de este sitio un diario, no es literal, es simplemente la forma figurada para hablar de lo que voy a hacer acá y la manera como me voy a expresar.

Hoy salió otro cuento. Hay tres. Están en fase de prueba. Eso quiere decir que lectores en los que confío los están leyendo para que luego me den opiniones profundas al respecto. Son personas que me dicen qué funciona y qué falla. Después de eso tendré que releerlos y reescribirlos y luego, si la voluntad me alcanza, los estaré enviando a alguna parte. No creo que den para tanto. Son como anécdotas incompletas. Eso me lo dijeron en el primer taller de cuento que tomé por allá en 2008. Me dijeron: usted no escribe cuentos, escribe anécdotas. Lo más seguro es que así sea, después de todos estos años. Ceñirse a la tradición es algo que no he podido desde la infancia, cuando estaba en colegio de monjas y curas. La fe no es lo mío.

Ahora bien, lo relevante de todo esto es que voy tomando impulso para seguir escribiendo. Debo aprovecharlo ya que a finales de enero todo se irá a la mierda cuando deba emprender de nuevo el ritual de lo habitual. Debería dedicarme a escribir poesía. Ya lo he hecho y hasta me han invitado a recitales (gente osada). Si no me funciona un cuento porque es una anécdota, un poema no me funciona porque debe ser una canción. Y en su momento intenté escribir canciones y a que no adivinan… Fracasé rotundamente.

En fin. Que escribir es de fracasar y no de que me inviten a leer cosas que a nadie le importa. Fama pírrica. La de muchos. ¿Envidioso? Se nota que no han leído mi texto de acá.

Para terminar, otra imagen random:

Novedades desde el más allá

Hoy quiero comenzar una bitácora, un diario. Lo que nunca pretendí para este lugar, después de 15 años lo voy a hacer porque en últimas es su función original.

Esta semana he vuelto a escribir. Lo estoy haciendo en este mismo instante, pero no es de esta escritura frenética y espontánea de la que hablo. Volví a escribir cuentos. Después de años de no hacerlo. Esta semana he escrito dos cuentos. Me divierten porque son temas que me hacen reír pero debo decir que son flojos, malos, de esos cuentos que si alguien los publica es más por la amistad que por la calidad. Eso no me incomoda ni afecta. Ambas cosas. Es la manera como me voy desempolvando, me quito las costras de óxido que tengo y vuelvo a tomar impulso. Creo que lo que estoy haciendo es un precalentamiento, ya que no he abordado las ideas que tengo apuntadas por ahí en alguna parte. Esas historias que en su momento me dije “debo escribir esto”. ¿De qué son los cuentos que he escrito, entonces? Bueno, de esos temas-obsesión. Si alguien me los publica en alguna parte se los haré llegar. Si no, quedarán en esa carpeta que esta atiborrada de archivos que nunca llegaron a ser.

Las ideas, esas que tengo apuntadas y que no he abordado, quiero darles tiempo, quiero tener más claro cómo abordarlas, cómo acercarme a ellas para escribir algo que de verdad valga la pena. Hace rato quiero hacer algo distópico bien, algo que se acerque a la ciencia ficción porque quiero hablar del presente y cagarme en él, pero como ya nos ha enseñado Dick, Bradbury y compañía, hay que tomar distancia para poder hablar de lo que nos incomoda. No es ponerme de un naturalista del siglo XXI, eso no sirve para nada. Tampoco quiero engrosar la larguísima lista de autores que escriben del pasado para reflexionar el presente. Patrañas. Quiero escribir de lo que veo y pienso de esta actualidad. Ya escribí largas cuartillas de mi pasado y eso está ahí, estancado, reposando y oliendo a podrido. No tiene mayor importancia que para mí mismo, pues son recuerdos y vivencias de mi infancia y adolescencia.  De resto, eso no tiene más valor. Quiero cagarme en el presente, porque apesta. Pero quiero hacerlo con estilo. Con recato. Con las buenas maneras de la gente de bien. No algo chabacano y purulento que la gente le agarre fastidio. No. Quiero algo que a la gente le guste, quiera releer, se paladee con esos escritos. ¿Lo podré lograr? No creo. No hay una persona que me diga: Oye X, tu texto Y me encanta en la parte en que… Eso no pasa. ¿Le pasa a los otros? ¿O simplemente se quedan con esas expresiones genéricas de gusto? “Me encanta tu novela”. “Qué bien escribes”. “Te admiro”. Eso último ni siquiera tiene que ver con la escritura. Me estoy yendo por las ramas de nuevo. El caso es que eso les quería contar: escribí dos cuentos que no me gustan. Las demás novedades por este medio las estaré comentando.

Ahora, una foto irrelevante de algo random que he fotografiado:

Mundo feliz

Las letras

No se escribe cuando no hay nada que decir. Eso sucedió en todo este tiempo. No eran necesarias las palabras ya que la vida misma se encargó de aplastarnos, de acallarnos, de matarnos. Las palabras sobraban, las palabras faltaban. ¿Por qué escribir en tiempos convulsos? ¿Para qué escribir cuando hay otros que escriben solamente para satisfacer sus propios deseos, alejándose del mundo en el que viven? Hay gente que prefiere el enajenamiento del espíritu, de las acciones, ignorar que el de al lado ha caído, y seguir con ese paso a paso hacia una vida sin sentido. Son la mayoría. No lo pongo en duda. La mayoría vive en ausencia de los Otros. La minoría se encarga de recoger los cuerpos, de señalar culpables, de recibir los golpes. Y a esa mayoría nada le importa más que solazarse en sus deseos banales. Fama, reconocimiento, respetabilidad, dinero. ¿Por qué escribir?

El impulso es algo inestable, es un ir y venir que puede que se tome más tiempo del que deseamos. Pero cuando ese impulso está de regreso es mejor aprovecharlo para lanzar letras al vacío. Escribo para no ser leído. De eso estoy seguro. No importa. Escribo porque es necesario. Y esta época del año es la propicia para sentarme en frente de este computador, que realmente ya no es el mismo frente al que estaba cuando escribí la última entrada. Es y no es. Es el mismo lugar y no lo es. Es impulso y no es el mismo de antes. Es una revitalización. Es haber encontrado el sentido de mis letras.

Deseo escribir para contar historias absurdas, carentes de sentido, de orden, puede que tenga personajes poco memorables y situaciones inverosímiles. No importa. No espero fama, reconocimiento, respetabilidad ni dinero. ¿Qué espero? ¿Por qué escribir y lanzar letras a un mundo que no quiere leer sino ser leído? Porque quiero. Porque deseo. Porque puedo. Este espacio surgió hace más de 15 años y lo mantengo por mis propios deseos, no porque tenga un valor material o sea un lugar al que acuden las personas. Claro, es hora de separar las cosas. Este seguirá siendo el lugar de las Palabras Flotantes, pero no será más el lugar de las historias. Las historias serán para otros usos. Porque escribo para usar mis letras.

File:Broken glass.jpg - Wikimedia Commons
Romper vidrios.

Modorra

Modorra

modorro, rra

De or. inc.

1. adj. Que padece de modorra patológica.

2. adj. Dicho de un operario: Que se ha azogado en las minas. U. t. c. s.

3. adj. Dicho de una fruta: Que pierde el color y empieza a fermentar.

4. adj. Inadvertido, ignorante, que no distingue las cosas. U. t. c. s.

5. f. Somnolencia, sopor profundo.

6. f. Sueño muy pesado y, a veces, patológico.

7. f. Mil. Segundo de los cuartos en que para los centinelas se dividía la noche, comprendido entre el cuarto de prima y el de la modorrilla.

8. f. Veter. Aturdimiento patológico del ganado lanar, producido por los cisticercos de los cenuros que se alojan en el cerebro y que pueden alcanzar gran tamaño.

Esta palabra la aprendí de niño porque en mi casa se usaba con bastante frecuencia. Quizás era mi madre quien me la recordaba todos los días cuando me veía despertar con los ojos hinchados y llenos de lagañas. Cuando mueren las personas mueren los usuarios de la lengua y las palabras van entrando en paulatino desuso hasta que la siguiente generación, rebelde como siempre, se deshace de todas las expresiones que le precede. Fue inevitable recordar esta palabra a propósito de unos cuentos que he leído y que me parece que están hechos en medio de la modorra.

¿Por qué pasa esto? ¿No se supone que las artes son el espacio en donde se busca romper parámetros, donde se va a desafiar el establecimiento? ¿No es la literatura el lugar desde donde se desafían las costumbres y las tradiciones? Parece que ese es otro pensamiento de la generación de los viejos y los muertos. Las personas que se están aventurando a escribir cuentos (y ni qué decir de las novelas o la restregada poesía) están escribiendo con timidez, con mesura, como queriendo encajar silenciosamente en el establecimiento para ser aceptados, acunados y luego disfrutar de las mieles de la fama y el reconocimiento y, eventualmente, algo de dinero. Porque no hay que olvidar que ser escritor es ante todo ser un egocéntrico. De eso que no les quepa duda.

La literatura, así como el arte, ya no desafían nada. Los desafíos están en otra parte: en la calle, en las marchas, en algunas primeras líneas. Cuánta literalidad y metáfora de esta expresión. Primera línea. En la literatura ya casi no queda nadie en primera línea. Vallejo ya huele a naftalina. Mendoza está acomodado entre almohadas de plumas de ganso. ¿Queda alguien más? Que esté vivo. Porque de los muertos mucho se puede decir porque están, precisamente, muertos. El resto, los demás, tu y yo, somos modorra literaria. Escribimos con pereza, con lentitud, no para desafiar sino para complacer, para dar contentillo a los adalides de las letras, aquellos dueños de la escena. Y si encajamos nos vestimos de pana y paño y hablamos de tardomodernidad y citamos a Wittgenstein así jamás hayamos leído el Tractatus. Y ponemos voces roncas y profundas, la mayoría con ademanes de modorra, otros con algún dejo de vehemencia para enganchar críos con las hormonas alborotadas. En general, la mayoría quieren poner a dormir al público, quieren anestesiarlo, quieren convencerlo de que lo que decimos (hasta acá el plural de la primera persona) es supremamente importante y que deben comprar los libros porque hay “un misterio oculto» y una “revelación a ser hallada”. No. No hay nada. O más bien: hay más de lo mismo que siempre ha habido, pero de baja calidad.

La literatura se parece cada vez más a las redes sociales. Es un lugar del chisme, el momento para averiguar algo más del autor o autora, desentrañar si ese recuerdo sí es real o si esa masturbada en el bus sí sucedió.

Y acá la mayor aclaración. Hay personas que todavía escriben con apasionamiento y con calidad. Son pocos y pocas. Como siempre. Como debe ser.

El resto, es un mar de modorra.

No hay nada que ver

Vejez (2021)

Pensar en este, como en muchos otros, es entrar siempre en conflicto con la opinión y postura de otros. Es tener que escuchar puntos de vista que muchas veces están mediados por contenidos mediáticos o preconceptos heredados familiarmente. Lo interesante es que muchas personas que tienen una opinión formada respecto de la vejez no son viejos. O creen que lo son porque han entrado al sistema adulto de trabajo-familia-endeudamiento. Si así fuera, la gente sería vieja desde los 18 años. Si ese fuera el único argumento. Creo que hay otros pero quiero traer a colación uno en especial.

Ser “come-años” es ser una persona que puede insertarse en la siguiente generación sin que las personas que la componen descubran que uno ya no hace parte de ese mundo. ¿Cómo o por qué? Quizás por actitudes, maneras de hablar, porque se es soltero y sin hijos, porque uno “se ve” joven. ¿Cómo es eso? Es una mezcla de apariencias y prejuicios que cuando entran en contacto se configura lo que podemos llamar una persona joven. Si la persona que me acompaña se parece a mí en términos de actitudes, de manera de pensar y de cierta medida en lo físico, puedo decir de esa persona que hace parte de mi generación. Pero, los jóvenes, y así los descubrimos, no son capaces de reconocer teniéndolo al frente a una persona que les puede llevar fácilmente diez o quince años, menos cuando emula sus maneras y formas de expresarse. Solamente cuando se acentúan las diferencias físicas es cuando se empieza a abrir la brecha generacional.

Esa apertura es inevitable, como ya sabrán. El desgaste del cuerpo, su paso por el mundo, ajarse, secarse, arruinarse. En el justo momento en que eso sucede, es que efectivamente se entra en la vejez. Porque esa nueva generación te ve como alguien que está robando aire, como alguien que es anticuado, que tiene una visión conservadora del mundo, es alguien que está de salida. Es una persona que se pone en otros lugares, casi pedestales, para bien o para mal, y se aleja, se empuja hacia los acantilados del final de los días. Debe cumplir, entonces, con ciertos requisitos:

-Debe ser padre o abuelo.

-Debe estar arrugado, canoso, medio calvo, gordo.

-Debe sentir dolores constantes.

-Debe tener deudas.

-Debe renunciar a su individualidad.

-Debe caminar lento.

-Debe quejarse por todo.

-Debe no entender “a los jóvenes”.

-Debe respetar los valores tradicionales (sean los que en su momento manden).

-Debe ser religioso.

-Debe repensar su sentido de la vida y debe abandonar los vicios.

-Debe velar por los demás.

-Debe tener propiedades.

-Debe vestir de acuerdo con la edad.

-Debe juntarse con los suyos.

Esta lista se puede extender mucho más pero he querido mencionar aspectos que me han dicho o que he escuchado que “los jóvenes” dicen acerca de los “viejos”. Los jóvenes siempre buscan romper con la generación anterior, quieren acabar con las formas previas para instaurar el reino eterno de la juventud. Hasta que se les acaba la juventud y buscan el cálido refugio de las tradiciones conservadoras. Los jóvenes piensan que serán eternamente jóvenes. Hay quienes presionan por muchos medios obteniendo catastróficos resultados. Yo a los 20 años entendí que la vejez llegaría en algún momento. Lo que nunca me puse a pensar es en qué momento o a qué edad llegaría. Bueno, lo estoy descubriendo. La vejez, en el caso particular, comienza a los 44. Pude robarle tiempo al tiempo lo más que pude. Pero ya es imposible. De acá en adelante es el inicio del camino hacia la podredumbre, la descomposición, la ruina, el fin. Es ver la mirada de los jóvenes cómo te juzgan como el moho de la humedad que ocupa espacio y que no debería estar ahí. Es la necesidad de supresión pero al tiempo es la necesidad de su presencia porque “sabe un poco más”, para quienes esto es relevante. Es, ante todo, el punto en el que la siguiente generación se burla de su flacidez, de su ingenuidad, de su precariedad, de su ilusión de beber de las mieles de lo joven. Y lo saben y se esforzarán en ridiculizar a los viejos porque hace parte de los actos de desprendimiento de lo que ya no sirve.

De ese punto en adelante es supervivencia u ocaso.

Es empujar para que haya un poco de espacio ganado a pulso en medio de la alevosía juvenil.

Es robar aire a esos cuerpos núbiles que todo lo desean.

Es reclamar únicamente por haber vivido el doble que otros.

Es aguantar humillaciones y vejaciones.

Es ser considerado estorbo.

Es ser un cuerpo asexuado.

Es adentrarme en los oscuros terrenos de la vejez.

Desert Dust May Be To Blame For One-Thousand-Year Long Megadrought

Cansancio

Cansado. Estoy cansado. ¿De qué, se preguntarán, si no he movido este espacio en varios meses? ¿Cómo se cansa alguien que hace muy poco en su vida? ¿Acaso voy a usar como argumento el cansancio mental de preparar actividades? No. No voy a empezar por ahí. Pero debo decir que sí hago cosas y que no me demandan esfuerzo al menos físico. Pero eso no le quita que esté cansado.

Estoy cansado de la gente. Me gusta generalizar porque así suena más dramático y las personas reaccionan mal ante esas aseveraciones. Para ser preciso estoy cansado de cierta gente. Me cansa, me aburre, me produce infinito tedio la gente que usa a la gente. De nuevo ustedes dirán que eso pasa todos los días y quizás tengan razón, pero no estoy hablando de esa visión o espectro utilitarista amplio. No. Estoy refiriéndome, y ahí sigo acotando a esa “gente” a quienes usan a las personas con fines emotivo-afectivos. Me explico: esas personas que buscan ciertos perfiles de sujetos, melindrosos e inseguros y configuran una relación afectiva con ellos porque saben, estoy seguro que lo saben, que podrán obtener todo de esas personas sin necesidad de dar nada o casi nada a cambio. El esfuerzo que les demandará estar en esa relación será mínimo. Y obtendrán siempre lo que quieren. ¿Qué quieren? No sé, cada quien busca lo que se le ha perdido en el camino: cariño, comprensión, alguien que les escuche, sexo, compañía. No lo sé. No voy a entrar en esas minucias. El caso es que ese tipo de gente me cansa.

Ahora bien, se estarán preguntando que si digo que me cansa es porque me voy a referir a un caso personal al respecto. Y el morbo de continuar acá, sentados, escuchándome, aumentará y terminarán diciéndole a los que están afuera que la historia, o más bien el chisme, que le conté paga la boleta que han pagado para ingresar a esta charla sobre los sistemas representativos de una poesía cyberpunk para retratar el mundo en el que vivimos. Les prometo dos cosas: no habrá chisme y no perderán su dinero.

Traigo a colación el cansancio que siento por este tipo de personas a este espacio porque, si no se han fijado detenidamente, pasa lo mismo con los sistemas de representación de la poesía cyberpunk. Si observan fijamente el tablero verán cómo se entrelazan las ideas y los conceptos y lo que terminamos obteniendo es un encadenamiento narrativo-pragmático-patético. Así como las personas que usan a las personas desechan entes de la misma manera en la que los poetas de post-re-vanguardias desechan versos cyberpunk distópicos-retrofuturistas. Cada una de las decisiones de esa gente que he definido y delimitado como deshechadora de personas al cabo de su propia satisfacción emotiva es correlativa a la auto-complacencia de los poetas cyberpunk cuando publican sus poemas en foros de mensajes autodestructivos. ¿Existió el poema? ¿Existió la persona desechada?

Si ustedes desean conocer y comprender más y mejor este sistema comparativo de la poesía cyberpunk con sistemas de la cotidianidad, pueden registrase a la salida de esta charla y yo, personalmente, los estaré contactando para darles los detalles del pago y demás detalles para que nos embarquemos en esta deconstrucción poético-cotidiana de una poesía que refleja el mal estado de las cosas entre nosotros, la gente.

POESÍA CYBERPUNK by Rona Molina
Circuitos de nada

La muerte del blog

Hernán Casciari promulgó la muerte de los blog en 2008. Por ende, acá no diré nada nuevo. Simplemente repetiré algo que ya se sabía pero que al decirlo en 2020 parece que nos estuviéramos inventando la rueda. Los blog están muertos. Re muertos. Secos y podridos. ¿Por qué cosa han sido cambiados? Es lo más sorprendente: por los libros físicos. Gutenberg debe estar que salta en una pata. Venció “al futuro” a “la tecnología de punta” a “la versión 3.0 de las lecturas”. Esta última referencia seguro no la entendería del todo pero igual celebraría. La supervivencia de la pasta de papel y el cosido o pegado de hojas blancas o amarillas ha vencido a la sacrosanta tecnocracia que inició por allá en ese lejano 1999. Todavía me acuerdo cuando abrí este espacio en Blogger, porque si eras hípster (yo por más que lo intenté mi gordura jamás me dejó ser hípster) tenías que abrir tu blog en Blogger. Y aunque llegué tarde (en 2007, ad portas de su muerte proclamada por el gordo Casciari), me uní a la fiesta de la virtualidad, de la Red, de esa posibilidad nunca antes imaginada de que me leyeran en otros lados del mundo. Para ser sincero, eso ya había pasado en una comunidad de escritores virtual pero esa es otra historia.

Y cuando abrí mi blog descubrí algo que me persigue hoy en día: no sabía qué escribir. Muchos, como el gordo Casciari (le llamo gordo porque soy un obeso resentido) la tenían clara y tenían ya desarrollada la vena de la creatividad y la imaginación. Y nada más fue crear un personaje que cautivó tanto que el gordo tuvo que abandonar a su personaje para convertirse él en el personaje principal de su blog Orsai. Muchos, realmente muchos escribieron y fueron leídos y comentados y admirados e incluso lograron pasar sus escritos virtuales al sacrosanto papel y hasta ganaron premios (porque los premios se los dan al papel, no a los bits). Y eso fue toda una revelación y todos se rasgaban las vestiduras y decían que el mundo virtual había ganado la batalla… No entendieron nada.

Como llegué al final del hype, pues recibí lo mío: pocas lecturas, nulos comentarios, indiferencia. Llegar tarde a un medio que existe por impacto es recibir migajas o incluso tanques de mierda. De todas maneras, y como soy anacrónico, mantuve mi blog hasta quizás mediados de 2015 cuando quise ser hípster maduro (cosa que no logré porque sigo siendo obeso) y me pasé a la plataforma WordPress. Este cambio me trajo como beneficios una plantilla mucho más amplia, limpia y generosa, y por el otro lado, la nula lectura de lo que acá escribo. La gente dejó de leer blogs porque pasó a leer post y tuits. Esto quiere decir que pasamos de dejar de leer 2000 caracteres o más (hay blogueros que abusaban de la gente) a leer menos de 300. Por eso el blog ha muerto. Y hoy más que nada está enterrado y descompuesto.

Hay quienes creen que el problema es el medio, no la extensión. Que aún tiene sentido escribir en Facebook o en Instagram. Tuiter se convirtió en un lugar de ensayos académicos llamados “hilos” y no creo que la gente los lea completos. Sobrevive sobre la lógica Facebook: si me das “like” lo demás no me importa. En Facebook pasa esa misma ilusión (de hecho ellos la “crearon”): sentirse satisfecho porque acuno cien, mil, diez mil likes. Eso, realmente, fue lo que mató a los blog. Votar por una entrada y ponerle estrellitas, esa mierda no la ve sino el dueño del blog. En cambio si yo le doy like a cualquier mierda en Facebook o Tuiter, los demás (ecuación importante en esta operación) se darán cuenta y yo me sentiré orgullos de que mis “amigos” o “seguidores” ven a lo que le doy “me importa” o “me enfada”. ¿A qué le dio una u otra cosa? No importa. ¡No importa, puta vida! Y no importa porque voy a decir otra perogrullada dicha a gritos pero de la cual nadie cree:

YA

Nadie

LEE.

Así cierro este 2020 donde escribí  un par de pendejadas frenéticas por el encierro y luego no me dio gana de escribir nada hasta el día de hoy, aprovechando un poco de sol. Yo ya me había dado la respuesta a todo esto en una “ponencia” que presenté hace quizás 4 años: Escribimos para no ser leídos.

Al menos ese es mi caso.

Si el otro año me entra la gana escribiré algo acá, o algo en general. Si no, tampoco hará falta.

Sobrevivan.

No hay más que hacer.

Cementerio de blogueros.